La religión en el Imperio Romano

Como buen italiano, soy un apasionado del Imperio Romano y de la Historia antigua en general. Y como este blog personal me permite hablar de lo que desee, hoy trataré del tema de las religiones en Roma.

Me encantan los libros de carácter histórico en los que roma y su ambiente se reproducen con mayor o menor rigor. Si se aprende Historia leyendo alguna que otra aventura, siempre se almacena mejor en la memoria.

Cualquier novela sobre Trajano y la máxima extensión del Imperio Romano, o de la genialidad de Cayo Julio César, me interesan. Pero también los temas supersticiosos y religiosos que asustaban o hacían rezar a aquellos hombres me resulta apasionante.

La religión en Roma

Mucho se ha hablado del tema. Y no soy un historiador así que nada mejor que coger textos de gente que sabe más que yo de la religión en Roma.

El tema de la religión romana supone un punto especialmente complicado de la civilización antigua, porque dentro de la religión romana nos podemos encontrar que coexistían costumbres y creencias antíquisimas junto con otras importadas de pueblos conquistados: en líneas generales, los romanos podían creer y rendir culto en cualesquiera divinidades quisieran siempre y cuando esto no fuera (muy) en contra de la tradición. El objetivo de todo culto era conseguir la pax deorum, es decir, unas buenas relaciones con los dioses y para ello era especialmente la pietas (> piedad), es decir, el cumplimiento de los rituales prescritos para apaciguar y agradar a los dioses.

Templos y lugares donde ejercían el culto

Muchas ruinas de antiguos templos se conservan en la actualidad. Eso, junto con los textos que se mantienen, nos ayuda a entender cómo se ejercía el culto en la antigua Roma.

Esta variedad de dioses y la facilidad para aceptarlos se explica, en buena medida, por la facilidad existente para rendir culto a cualquier divinidad, ya que la religión romana no se limitaba a unos espacios ni edificios de culto, en tanto que cualquier lugar, con unas plegarias y rituales adecuados, podía considerarse sagrado (sacrum, es decir, santificado por la divinidad).

Esto se comprueba a la perfección en los templos, los edificios que más asociamos con la religión romana, y antigua en general, son los templos: esas elegantes construcciones con sus columnas y su mármol blanco. Pensaréis, comparándolos con nuestras iglesias, que los sacrificios y las plegarias se realizarían dentro, ¿no? Pues nada más lejos de la realidad: la mayoría de los actos religiosos se realizaban fuera del templo; de hecho, templum etimológicamente significa “espacio consagrado”, pero en la terminología religiosa romana nunca se utiliza para referirse al edificio del templo, sino a todo un espacio que santificado por la divinidad donde se ubicaba el templo. Los sacrificios se realizaban siempre al aire libre para que los dioses lo vieran mejor, mientras que en el interior del templo únicamente se quemaba incienso, realizaban libaciones y se ofrendaba algún objeto a la divinidad, generalmente a cambio de algún favor que la divinidad había hecho por el fiel.

El templo, por tanto, únicamente servía para marcar la existencia de un espacio consagrado y convertirlo en eterno. Al margen de los templos, sin embargo, todas las casas romanas tenían un pequeño altar, el larario, consagrado a las divinidades del hogar y de la familia (llamadas genéricamente Lares y Penates) a las cuales el hombre cabeza de familia debía rendir culto cada día, mientras que la mujer debía rendir culto a Vesta, diosa del fuego del hogar. Por otro lado, también solía haber altares en todas las encrucijadas de Roma, en las fuentes… y en definitiva en cualquier sitio donde los fieles pudieran necesitar un altar.

El cristianismo en Roma y su relación con la religión católica en la actualidad

Es fascinante también hablar del cristianismo y cómo pasó de ser perseguido a ser la única religión oficial de Roma. Y también saber que algunos ritos que se practicaban por los primeros cristianos o catecúmenos, se han restaurado en la actualidad.

Para entender esto, hace falta saber qué es el Camino Neocatecumenal.

El Camino Neocatecumenal. Qué es y cómo empezó el movimiento.

Una de las primeras preguntas que vienen a la mente al hablar del Camino es en qué consiste y cuáles son sus principales características. Hay muchos detractores debido a su expansión por todo el mundo, ya que ha llegado a desarrollarse incluso en países que carecen de tradición cristiana. Pero esa oposición no hace sino confirmar que sus frutos tienen una relevancia tal que traen consigo de forma irremediable la persecución.

INICIOS DEL CAMINO NEOCATECUMENAL.

El Camino Neocatecumenal, como itinerario de formación católica pensado para adultos, bautizados o no, surgió en Madrid entre la gente pobre de Palomeras Altas. Su fundador es Francisco José Gómez de Argüello, popularmente conocido como Kiko Argüello, que sintió en los años 60 que la Virgen María le pedía «hacer pequeñas comunidades cristianas como la Sagrada Familia de Nazaret».

De esta forma, inició la Evangelización entre las chabolas y barracas de las afueras de Madrid, donde conoció a Carmen Hernández, también cofundadora del movimiento. Con el tiempo, apoyados por el Arzobispo de Madrid Monseñor Casimiro Morcillo, fueron evangelizando en numerosas parroquias de la capital de España y de Zamora. La experiencia fue muy positiva, ya que en apenas unos años el carisma se extendió por varios países.

Los cristianos en Roma y el Camino neocatecumenal en la actualidad

Roma y cristianismo: de ser la Z a convertirse en la A.

¿Y cómo encaja en este cuadro el cristianismo? Como ya sabéis, fue obra de Constantino primero, en el 313, y de Teodosio después, el 391, su legalización e imposición como religión del imperio. La respuesta no es sencilla, pero trataremos de resumir su evolución a grandes rasgos.

En un principio, durante los primeros 100 años, los cristianos eran mayoritariamente judíos conversos, pero posteriormente sus creencias fueron extendiéndose durante los siguientes 200 años por todas las capas sociales (especialmente, las pobres), hasta que en el año 300 aproximadamente un 10% de la población total del imperio era cristiana, concentrada en las principales ciudades del Imperio. Esto, a priori, no debería haber supuesto ningún problema para un pueblo tolerante con las otras religiones, pero había una diferencia fundamental entre el cristianismo y las otras religiones: los cristianos, al igual que los judíos, se negaban a rendir culto a los emperadores divinizados pero, al contrario que los judíos, también se negaban a pagar el impuesto con el que se “condenaba” la impiedad judía, lo cual puntualmente les ocasionó algunos problemas con las autoridades. Sin embargo, a excepción de la última persecución encabezada por Diocleciano —que posiblemente llegó a matar a 20,000 cristianos y a torturar a muchos más—, los emperadores no causaron tan graves problemas a los cristianos como el rechazo que provocaban en el resto del pueblo, que muchas veces reaccionaba violentamente contra los cristianos.

¿Y por qué Constantino decidió legalizar el cristianismo? Probablemente la influencia de su madre, Santa Helena, jugó un gran papel, pero no “salió del armario” hasta los 40 años y, aun así, aunque apoyó financieramente al cristianismo, oficialmente mantuvo los símbolos paganos. Fueron sus sucesores los que poco a poco iniciaron una campaña de persecución de los cultos paganos —se volvió la tortilla— y, aprovechando que el cristianismo estaba mejor organizado que el paganismo, poco a poco fueron marginando y eliminando el paganismo —fijaos en que el término “paganismo” procede del latín pagus, ‘aldea’—, aunque algunos de sus rasgos pervivieran (coincidencia de las festividades religiosas, capillas en accidentes geográficos como manantiales, ríos, bosques…).

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